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Símbolo de resistencia

7/23/2023

 
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​​Por Claudia Flores
Instagram: @clauuflores_

En Puquio Santo, al rededor del escalofriante río Matagente- que fusionaba con el mar y formaba una laguna- habían acogedoras casas de adobe con cultivos de algodón, maíz y naranjo. Era una zona en la que en el día los alumbraba el sol y en la noche los alumbraba el fuego, la luna o lamparines de kerosene; una zona en la que el pozo era su mejor aliado para bañarse, cocinar y lavar. Las noches de luna siempre les favorecía, pues resplandecía la cena de los descendientes de los esclavos africanos. Pero un día entre tinieblas y sombras, escucharon al río gritar: todos tuvieron que correr lo más lejos que podían. Mientras el río devoraba ferozmente Puquio Santo, la familia de Mónica Carrillo se escapaba, dejando su comida; su trabajo; su hogar. No era la primera vez que tenían que huir, su descendencia africana ha estado constantemente silenciada. Pero, desde ese día, Mónica devuelve la voz a su comunidad. 

En toda su infancia, Mónica Carrillo ha vivido en Chincha, iba a Puquio Santo con la familia de su madre y El Carmen con la familia de su padre. Las memorias de aquella ciudad del río Matagente la transportan cuando escuchaba la voz de su madre entonando valses clásicos mientras lavaba la ropa en el pozo del pueblo. El sentimiento africano de ese pequeño y acogedor pueblo son inherentes a ella. En tono melancólico contaba que una de sus amiguitas murió ahogada por jugar cerca al río, luchó por su vida, se adhirió al tronco de un árbol, pero el agua la acogió. 

Su abundante cabellera negra azabache rizada que lucía desde que nació, invita a los recuerdos del pueblo de su padre: El Carmen. Aquel pueblo ubicado a unos 200 km al sur de Lima, era sinónimo de culturas artísticas, era una zona que denotaba música, baile y tradición afroperuana. El lugar que más incursionaba y curioseaba era La Hacienda San José: corría por los cuartos en la que sus ancestros habían sido torturados como animales. “Siempre me contaban las historias de cómo era la vida en esos túneles. Me imaginaba cómo era la vida de mi gente y de mis abuelos, porque eso pasaba cuando mi papá era niño”, cuenta Mónica.

Al pasar los cortos años, Mónica solo transitaba esos pueblos, ya que sus padres decidieron mudarse a Lima, en el distrito de San Martín de Porres, que se caracterizaba por oleadas de violencia y delincuencia. El que no vivía en San Martín, podría hasta marearse o vomitar por el fuerte olor que esparcían las fábricas: Pinturas Fast y Aceite Girasol. Un aroma a pescado que para  la gente que vivía allí, era normal. “Recuerdo que era una zona que a penas salía a la esquina de mi casa encontraba a alguien drogándose con pasta básica de cocaína. También tenían esos tragos de colores que los alcohólicos mezclaban”, expresa su niña interior de ojos redondos y brillosos.
 
En una tierna mañana, las dulces niñas de seis años con trencitas que adornaban sus cabezas, y con los listones blancos que embellecían su pelo afro, Mónica y Sofía, su hermana, caminaban diez cuadras agarradas de la mano hacia su colegio 3027 Coronel José Balta. Los labios de Mónica se mueven con lentitud mientras decía “Ha sido una de las peores épocas de mi vida. No tengo memoria en la que diga que haya sido positiva, porque el bullying era una cosa de todos los días”, ya que Iván García, su profesor de historia, siempre las señalaba como esclavas y las comparaban. Mientras que, sus compañeros de clase, en la hora del recreo, formaban un círculo grande y en el medio estaban las pequeñas Carrillo: unos gritaban “ ella es más negra que la otra; otros decían “no, la otra es más negra” y, a la vez, eran intimidadas por manos poco inocentes. Su vestidito rosado con una camisita blanquita eran testigos de cómo sus dos trencitas terminaron dándoles un dolor de cabeza. El director del colegio y una profesora eran sus únicas salvavidas.
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Acercamiento al amor y su alma máter 

Mónica siempre sintió el sufrimiento a flor de piel, eso la llevó a querer ser misionera. Quería encontrar la manera de servir a la gente. Con todas sus experiencias fue construyendo desde niña su voluntad de ayudar a quienes se sentían como ella, o peor. Fue misionera de los jesuitas, que la llevaron a Huaycán. Estuvo como profesora para enseñar lectoescritura a niños que eran hijos de inmigrantes quechuas que habían huido por el conflicto armado interno. También fue misionera de Madre Teresa de Calcuta y  tuvo una misión en Tacora, uno de los barrios más hediondos por la cantidad de basura que habitaba; fue al Hogar de la Paz, donde habían niños que nadie los quería por sus condiciones físicas o mentales. Se encontró con ese lado de la prueba del amor.

 “Una vez había llegado del hospital de chincha un bebé de 8 meses que era ciego sordo y mudo, sus papás lo habían abandonado. Pero cuando tú lo agarrabas, te sonreía  y estiraba sus manitos. Ahí te dabas cuenta de lo que es importante. Esas experiencias me marcaron mucho”, añora Mónica. Esas vivencias le dieron la capacidad de transmitir amor a quienes no lo conocían.

Postuló para Ciencias de la Comunicación en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos e ingresó. Estaba ansiosa por su primer día, pero en la puerta de ingreso, ubicada en la avenida Venezuela, el vigilante la insultó. Entre distintos pabellones estaba en camino a Jirón de la Unión y desde la facultad de Derecho la ofendían. Pero, dejando de lado la parte malvada de la universidad, lo que le reconfortaba era que se relacionaba con personas de diferentes estratos sociales, eran personas que tenían mucho empeño por aprender; personas con carencias; personas que venían desde la sierra, selva, de pueblos olvidados, así como su pueblo de Puquio Santo. “La universidad es la vida, es lo que tienes como capacidad. Las influencias y es ser como una esponja por todo lo que aprendes. Fue uno de los mejores momentos de mi vida”, expresa Mónica. La ideología izquierdista y socialista siempre estaban en las conversaciones de los estudiantes y asistir a marchas era algo cotidiano, como ir a socializar en el gran comedor universitario. Una de las marchas que la tiene grabada en su antigua cámara, fue la de los Cuatro Suyos, ya que en medio de enfrentamientos, capturó el momento en el que a un chico le cayó un petardo en el ojo. De la foto aún sobresale la gran cantidad de sangre de aquel ojo dañado.

ORU

Desde muy pequeñas, las hermanas Carrillo, recitaban a toda voz potente, memorizaban párrafos y líneas de grandes poetas peruanos. De esa manera se ganaban el respeto frente a sus compañeros y profesores. “Mi mamá nos enseñaba rigurosamente la poesía. Por ejemplo: mañana es el día de la patria y mamá nos daba un poema de diez párrafos y de diez líneas y nos hacía memorizar todo. Siempre nos decía: ustedes tienen que expresar lo que sienten cuando hablan, tienen que conectarse con el público, tienes que comunicar ese sentimiento”, indica Mónica, mientras su rostro formaba una leve sonrisa. La poesía las transportaba a una vida soñada: una vida en la que podían ser escuchadas.

Mónica decidió que para escribir y recitar su poesía tenía que pensar en un nombre. Un día en su universidad encontró un libro que contaba la historia de Cuba y apareció ORU, un prefijo en Yoruba,- una de las primeras lenguas africanas en ser codificada en una gramática en el siglo XIX- que significa el comienzo, o la mañana. Desde ese día, a su nombre le añadió ORU, acompañado de pintura color ocre. Con su prefijo y la pintura, ella podía expresarse como ella quería. “Me pinto el cuerpo, porque es lo que no puedo decir en mi otro lado de la vida, como poeta nadie me puede juzgar, ni criticar”, señaló. Mónica no tiene una rutina para escribir. Las  ideas surgen en cualquier momento: escucha lo que le dice su mente, el único lugar en el que respira libertad.
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LUNDU: la nueva generación que lucha contra el racismo 

Su viaje a Sudáfrica marcó su vida profesional, ya que fue coordinadora de organizaciones que luchaban contra el racismo en la ONU. En marzo del 2001, con un grupo de jóvenes nace la idea de Lundu. Se reunieron y buscaron en el glosario de Afronegrismos de Fernando Ortiz, allí encontraron la palabra “Lundu” que significa sucesor o nueva generación. 

Después de cinco años de fundada la organización, se percataron que el insulto racista seguía impregnado en la sociedad. Las personas no creían lo que sucedía, los tildaban de exagerados. Así que para demostrar que estas humillaciones seguían en pie, pensaron: qué mejor que demostrar lo que está documentado y decidieron hacer recortes de periódicos que insultaban a los afros.  Debido a ello, reformaron el Código Penal de lo que era un insulto racista, fue un proceso que enfrentó el equipo de Lundu. “Siento que el observatorio directamente que hicimos, generó un impacto en los medios de ocmunciación, ya que repercutía en el día a día de la gente. Todo eso se sumó para iniciar una demanda contra el Negro Mama”. 

El personaje del Negro Mama era un hombre con color de piel negro, rulos, ojos grandes, labios extremadamente gruesos y siempre estaba cabizbajo. En todos los programas actuaba como tonto, que no era capaz de ser intelectual, una persona que robaba, pero que ni eso sabía hacer bien. Tras doce años en la televisión peruana, era muy solicitado por las familias. Pero era un martirio para los afroperuanos. 

Maribel Arrelucea, historiadora especializada en dicha cultura, señala que cuando se instaló la teoría racial, se consideró a todos negros sin posibilidades de ascenso social. Es más, después de la abolición de la esclavitud empezó un proceso de criminalización de los afrodescendientes, el estereotipo de que toda persona de piel oscura es delincuente; un pensamiento que todavía algunos sostienen, lo cual impide que seamos una sociedad democrática en la que todos nos sintamos iguales.

Las 11,000 ediciones de medios de comunicación que ofendían a la cultura afroperuana, fueron de ayuda para acabar con el programa admirado por grandes y pequeños. Todo el año y medio, esta denuncia generó una histeria racial limeña. “El proceso duró varios años. La gente me insultaba en la calle y me decía: por tu culpa ya no tenemos al Negro Mama. Además, creo que todo afroperuano ha sufrido ese insulto. Por ejemplo, salía el sketch el domingo y el lunes ya en el colegio te estaban insultando”. 

Leónor Pérez Durando, periodista afroperuana, indica que sin las organizaciones como Lundu, nunca se hubiera combatido estos actos de discriminación, ya que siempre habían personas que atacaban a la comunidad por su color de piel. Además, no empoderaba a los afroperuanos, no los hacía sentirse parte de la comunidad. “Quién quiere pertenecer a un grupo vilipendiado, nadie. Nosotros necesitamos que sobresalgan nuestros representantes”. El juicio fue ganado por Lundu, todo el equipo estaba feliz por el exorbitante cambio que hicieron para que no minimicen a su comunidad. Pero Mónica, como fundadora, ganó rivales. A partir de ahí tenía que cuidar su espalda, su vida. 

“Cuando estás en una situacion de violencia, necesitas defenderte con más violencia,  porque no te vas a defender poniendo la otra mejilla. Ha habido otros casos en la que los pacifistas han sido asesinados y fue porque no se defendieron con violencia”, señala la activista Carrillo, desde su casa en Brooklyn. 

Arrelucea, manifiesta que el racismo actúa en combinación con otras manifestaciones de discriminación, de allí su complejidad. “El país necesita leyes claras y efectivas, pero también es urgente una historia nacional inclusiva, de orgullo por nuestras múltiples comunidades. Debemos educar bajo el enfoque de la ciudadanía multicultural. Otro aspecto es fijar sitios de memoria a la esclavitud como Zaña, que acaba de ser declarada Sitio de la Memoria de la Esclavitud por la Unesco”. La esperanza de que otros países de afrodescendientes,  sigan el camino para que la población sepa que hubo sitios donde el ser humano fue reducido a una cosa y, que eso no puede repetirse.

Tras tantas amenazas, intentos de atropellos y quizá un secuestro, tuvo que huir del país. Nueva York la esperaba con los brazos abiertos para poder ayudarla en su tratamiento psicológico. Estuvo con problemas mentales, cualquier cosa relacionada al Perú le daba un vaivén de sentimientos y pensamientos. Poco a poco fue superándolo con ayuda de sus amigos afrodescendientes de Nueva York. Trabajó en el Museo Queens, ubicado en Nueva York y fue la primera sede de la ONU (llamado entonces Asamblea de Naciones) y de las Ferias Mundiales. Tuvo la dicha de apoyar a familias inmigrantes con niños de habilidades diferentes. También formó el colectivo BordeAndo para recuperar el tejido y bordado tradicional colocándolo en espacios públicos y organizó el festival Corónate que le permitió conocer a maravillosos artistas y educadores que tomaron Corona Plaza en Queens como su nueva casa. Con todas las actividades que realizó en Nueva York, ayudó a cicatrizar las palabras y acciones de los peruanos. 
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Nueva York, su nuevo hogar

Lleva luchando por su vida y sus pensamientos, 42 años. En los que aprendió lo que es el amor y que no quiere que nadie se sienta como ella cuando era niña, no quiere que los niños afrodescendientes se sientan solos o sientan que no pueden ser doctores, intelectuales, etc. A veces se siente afortunada: ella pudo salir del olvido del Estado y de la sociedad. Pero hay quienes no acceden a una educacion razonable, no tienen sistemas de salud, y, a parte de eso, la sociedad que a veces con sus palabras de odio, se transportan a la época de cuando eran esclavizados. 

La dulce niña de vestidito rosa continúa ayudando en Perú, tanto en Lundu, como en Limalee, en conferencias virtuales y todo lo que tenga que ver con la lucha contra el racismo. También fue directora Regional de Latinoamérica de la organización filantrópica Thousand Currents que apoya a movimientos sociales y campesinos que luchan por la justicia climática, soberanía alimentaria y economías alternativas. Pero nunca dejó de lado la poesía, la música y su misión de vida para ayudar a su comunidad de afrodescendientes. Detrás del color de su piel, está ORU, están sus representaciones artísticas, y, detrás de todo eso está su historia con dolores. Ella añora que su comunidad tenga el derecho y oportunidad de ser felices, y no que sea vista como un color, sino como seres humanos. La risueña niña que caminaba de la mano con su hermanita para protegerse  de las calles de San San Martín de Porres, ahora camina tenazmente por las calles de New York.

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