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Negro y amigos

7/21/2023

 
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​Por Leonardo Ledesma W.
Instagram: @leonardo_ledesma_watson 


La primera infancia II
​
En 1959, muy lejos de aquí, un hombre se hizo negro. El escritor Johan Howard Griffin se sometió a diferentes tratamientos para oscurecer su piel, volverse afroamericano e irse a pasar un tiempo a Misisipi, Luisiana, Alabama y Georgia, estados sureños donde, según el autor de Negro como yo, estaba advertido de no mirar a las mujeres blancas, imposibilitado de entrar a ciertos lugares públicos y de tomar autobuses. En el Perú, cuarenta años más tarde, yo estoy en primaria y espero que sea mi viejo quien me recoja del colegio y no mi madre porque él es blanco y ella es negra. 

En aquella época leo las caricaturas de Bugs Bunny y el Pato Lucas, las historias de Elmer Gruñón persiguiendo escopeta en mano a un conejo cuyo mayor objetivo en la vida es sacarlo de quicio, la Biblia para niños, cuentos de los hermanos Grimm en ediciones resumidas y populares, fragmentos de obras clásicas con pequeños dibujos referenciales –La Odisea, El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha, Drácula, etc.- entre otras cosas. Todos ilustrados, claro. No hay manera de no aprender que el mundo se cuenta en fábulas. Así entendemos lo importante y, a la vez, lo evidente. Por mi parte, yo aprendo otra cosa que no puedo explicar y que para todos nosotros es normal: el negro es invisible. 

De todos los personajes humanos de allí que están dibujados, ninguno se parece a mí. No se parecen a la mayor parte del salón, por supuesto, pero solo en mí se percibe una diferencia notoria.

Tengo un par de años en el colegio. Es una escuela pequeña, parroquial, solo de primaria, donde se imparten los cursos tradicionales, donde las profesoras son casi todas mujeres con excepción del de Educación Física, del de premilitar y del cura que oficia la misa todos los martes por la mañana. Ya conozco cuál es la dinámica. Me he adaptado y he aprovechado mis habilidades físicas para destacar en los deportes y caerle bien a los adultos que gustan de ellos y que son casi todos. También me he dado cuenta de que le doy bien a la clase de arte porque puedo reproducir obras clásicas con un lápiz. Eso le gusta a la gente. Es gracioso, es curioso, pero no es importante. Las matemáticas se me dan a medias. El inglés igual. En Lenguaje me va mejor, pero tampoco tanto. Soy un alumno con notas altas en Conducta. La flojera y la desidia por el laberíntico momento en el cambio de horas entre un curso y otro juegan un rol crucial a mi favor. Ese es más o menos el orden de todo. 

De nuevo estoy allí, de pie, en medio de un patio donde confluyen los alumnos de todos los grados a la hora de recreo. Los juegos son los de la época: policías y ladrones, chapadas y Tiburón, una variante donde imaginamos a un escualo que nos persigue y del cual debemos protegernos en una escalera en donde no se puede permanecer más de dos minutos. Se baja al océano, se corre, se evita al animal –interpretado casi siempre por el niño más revoltoso y pleitista del salón, Luis- y luego vuelve uno a ponerse a salvo nuevamente en las escaleras. El juego es popular y lo jugamos solo los hombres porque es brusco y nadie se quiere comprar el pleito de romperle la falda a una de las chicas o de hacerle daño. 

Yo soy rápido, muy rápido. Corro de un lado a otro y nunca me cogen. Luis atrapa a casi todos pero nunca a mí. Me persigue sin éxito y se frustra. Se frustra tanto que se saca la camisa del pantalón y se le logra ver una gota de sudor en la frente mientras se le humedece el cabello encima de las orejas. Todos me hacen barra. No falta mucho para el fin del recreo y estoy por ganar. Luis se frustra más incluso y, en una de esas, me barre las piernas (movimiento prohibido) y me tumba al suelo. Los otros chicos se ríen pero saben que eso no es jugar limpio. Me pongo de pie y me atrapa. Pierdo el juego y Luis se va riendo hacia un costado. Se queda haciendo chistes, seguramente, porque veo que junto a otros chicos se ríe, me mira y se ríe. De pronto, me mira de nuevo y le sostengo la vista por un rato. Se lleva una mano a la cabeza, otra al abdomen y empieza a caminar como un chimpancé, sin dejar de mirarme. No entiendo. En realidad si entiendo pero quiero que se acabe. Me molesta. No quiero romperle la cara y tampoco deseo exponerme a que me la rompa. Luis es fuerte. Sería una pelea muy pareja. Luis empieza a caminar en círculos y ya sin ningún tipo de pudor. Muchos aplauden. Sus amigos, los que andan más con él, aplauden. 

—¡Uh, uh, uh! — se le escucha, imitando el sonido de los monos. 
No hago caso. Sigo mi camino. Avanzo como hacia el baño. Salgo. Suena la campana que anuncia el fin del descanso. Cuando vamos hacia las aulas, quienes están con Luis ya no solo actúan como idiotas con ese sonidito, sino que le agregan otros: el choque de sus labios que simula una bemba grande, la voz gutural que se asemeja a lo que se oye en una reunión tribal africana, etc. Tras ello, otro que no es Luis, Carlos, se me acerca y sin pensarlo dos veces, como mandado a cumplir una prueba, me dice a la cara: 
—¡Maaaaa ma!
Y repite más largo
—Maaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa ma.
Sé a qué se refiere y seguramente quien lee esto también. Aquella exclamación es, probablemente, una de las más conocidas en el Perú. La dice, como es evidente, el Negro Mama, un personaje famoso creado por el cómico Jorge Benavides a inicios de esa década en la que estoy en mis primeros años de escuela. El Negro Mama, como bien lo dice el nombre, es un hombre negro, adulto, personificado por medio de la práctica del blackface por Benavides y que reúne todos los clichés y los estereotipos que pueden englobar a un negro o un afrodescendiente: provisto de rasgos exagerados, de un caminar lento, una forma de hablar también pausada y una mirada perdida. Además de ello, la caricatura también tiene otros rasgos que se asocian a la pobreza, a la delincuencia, a la pendejada y a una limitada capacidad intelectual. Ese personaje está todos los fines de semana en mi televisión y en la televisión de todos mis amigos. Como dicen que se parece a mí, ellos creen que no hay mejor forma de recordármelo que señalándome y pronunciando su nombre. 
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El Negro Mama, más de una década después, fue señalado como un objeto racista y dividió las opiniones en un país también racista pues mientras para algunos era una creación que afectaba la dignidad y la sensibilidad de un grupo, para otros era solo una cuestión de jocosidad y comedia. Estos últimos, por supuesto, nunca dudaron en tildar y señalar de ‘acomplejados’ y ‘tontos’ a los primeros, a pesar de que en 2010 el Tribunal de Ética de la Sociedad Nacional de Radio y Televisión señaló el evidente racismo del personaje y, tres años más tarde, multó a Frecuencia Latina –canal donde aparecía- con 20 Unidades Impositivas Tributarias por incumplir con la regulación respecto al personaje. Colectivos y organizaciones sociales (entre ellas LUNDU) demandaron, de paso, unas disculpas públicas por parte de la casa televisora y del humorista, pero estas nunca llegaron. 

Si ya soy consciente de mi negritud e incluso de mi parcial negritud, pienso que uno no es negro del todo si demuestra educación y talento para otras cosas que no se asocian a la mencionada etnia, pero también lo soy sobre otras cosas: ya no solo soy negro, ahora soy negro, feo, bruto y, quizá, un ladrón en potencia. 

Ese día, también, a la salida de la escuela, tras los soterrados insultos y las burlas furtivas de quienes están allí, espero que me recojan. A veces me recoge mi abuela, a veces algún tío y a veces mi mamá que tiene que trabajar y por eso no va siempre. Sin embargo, no llega ninguno de ellos, sino mi padre. Mi papá casi nunca va porque el trabajo que tiene no le da tiempo para casi nada, pero por alguna razón ese día está libre y me pasa a buscar. Los chicos se quedan con la boca abierta, paran los ruidos, se van de cara. Mi padre es un hombre blanco. Un hombre blanco y guapo, bien vestido, joven. De treinta y pocos años. Tiene el cabello castaño, los ojos verdes, la piel tersa y las cejas llanas como las mías. Nos saludamos y yo le digo que todo está bien, que ha sido un buen día en la escuela y que me sorprende verlo allí. 

Cuando me voy, volteo hacia la puerta y veo a los chicos parados pensando qué decir. Yo sé y ellos saben que ese es el inicio de un nuevo orden, de un nuevo paradigma. Ese día me siento idiota por un lado porque sé que soy (para ellos) todo lo negro y feo y tarado que ellos me han dicho que soy, pero también me siento feliz (en mi ingenuidad) porque ahora ellos saben que no soy tan negro. Ese día soy un negro casi blanco y, con ello, entiendo que no sé quién soy y ya no sé cómo nombrarme. Como dijo el comunicador social cartagenero Julio César Márquez Ariza, ese día no tuve referente de comparación y entendí que mi identidad no era mía, que mi cuerpo era un terreno de disputa. Era una hoja en la que los demás decidirían qué escribir. Ese día , y hasta mucho tiempo después, fui todo aquello. 

(Fragmento del ensayo N.E.G.R.O.: El color de una voz.)

​​Nota: Lundu difunde los artículos de autoría de nuestras invitadas e invitados. Las opiniones vertidas son de exclusiva responsabilidad de sus autores y no representan, necesariamente, el pensamiento de la institución.

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